FEBRERO 16 DE 2026
Realidad, mitología y
nuevo “destino manifiesto”
Las dificultades climáticas del
paso del Noroeste, que comunica los océanos Atlántico y Pacífico, se suman a
que Estados Unidos no cuenta con las embarcaciones necesarias para esta hazaña.
Pese a esto y a las dificultades para extraer los recursos naturales de
Groenlandia, Donald Trump parece obsesionado con ese territorio. ¿A qué se
debe?
La sobreexposición geopolítica de
Groenlandia probablemente deba mucho al mapamundi diseñado por Gerardus
Mercator en 1569. Para representar el globo terráqueo en un plano, la modalidad
de proyección cilíndrica que eligió el geógrafo y matemático flamenco
distorsionó las regiones polares. En la mayoría de los planisferios que se
publican todavía hoy, esta región autónoma de Dinamarca parece tener el tamaño
de África cuando en realidad es 13 veces menor. Una distorsión similar afecta
la percepción general de los dilemas militares, marítimos o mercantiles de esta
isla de 57.000 habitantes, cuya superficie está cubierta por un casquete de
hielo en más de un 80 por ciento.
Mitologías y sobreestimaciones
Así, la mitología milenaria del
paso del Noroeste para unir los océanos Atlántico y Pacífico renace de la mano
del cambio climático. Sin embargo, desde la hazaña de Roald Amundsen en 1906,
sólo 317 barcos (48 de ellos estadounidenses) atravesaron alguno de los
itinerarios alambicados y peligrosos que se dirigen desde Groenlandia hasta las
islas del norte de Canadá.1 En 2025, 34 barcos de tamaño modesto lograron con
éxito lo que sigue siendo una expedición contra la bravura de la naturaleza:
vientos, corrientes, masas de hielo flotantes, icebergs, bancos de arena
inciertos y costas peligrosas. Navegable sólo algunas semanas por año, el paso
del Noroeste es más corto que el canal de Panamá si se lo mide en kilómetros,
pero no en tiempo de viaje. Probablemente nunca se convierta en una ruta
marítima comercial, al menos no antes de varias décadas, quizás incluso de
varios siglos. El futuro del paso se confunde de forma abusiva con las
perspectivas que la desglaciación abre para la ruta marítima del norte de
Rusia, ella misma todavía delicada y muy onerosa en términos logísticos.
El presidente de Estados Unidos,
Donald Trump, ve barcos rusos y chinos por todas partes, mientras que en
realidad se concentran a lo largo de la costa ártica rusa, muy lejos de
Groenlandia. Tienen como destino tanto Europa como Asia. Si los rompehielos
rusos –entre los cuales los más pesados son de propulsión nuclear– dominan los
mares fríos, es porque responden a una necesidad específica. Sin un interés real
hasta la fecha, Estados Unidos y Canadá nunca cumplieron sus antiguas promesas,
renovadas cada tanto, de construir buques capaces de atravesar las espesas
masas de hielo para afirmar su soberanía marítima en la región. Los 11
rompehielos prometidos por Trump (los primeros cuatro de los cuales se tienen
que construir en Finlandia) serán de tamaño mediano, si es que llegan a
construirse. Salvo los submarinos, los buques militares siguen siendo poco
adecuados para la navegación en la región.
En materia de defensa, los
estadounidenses llevan mucho tiempo explotando los atributos geográficos de la
isla. A mitad de camino entre Nueva York y Moscú, su base en Pituffik (antes
Thulé) desempeña un rol clave en el posicionamiento de bombarderos estratégicos
o de radares de la red aeroespacial de América del Norte. El acuerdo logrado
con Dinamarca en 1951 les permite hacer prácticamente lo que quieren dentro de
las zonas definidas conjuntamente “sobre la base de los planes de defensa de la
OTAN [Organización del Tratado del Atlántico Norte]”.3 A pesar de la
remilitarización de los últimos años, las bases rusas o estadounidenses del
Ártico siguen siendo mucho más modestas que durante la Guerra Fría. Estados
Unidos incluso abandonó todas sus demás instalaciones en Groenlandia, que
databan de la Segunda Guerra Mundial.
Por último, en el plano de los
recursos minerales y energéticos, el potencial de las regiones árticas sigue
estando demasiado sobreestimado. Las proyecciones de los medios de comunicación
suelen ignorar lo dificultoso de las condiciones de extracción y transporte que
limitaron hasta hoy todos los proyectos. Así sucede con las tierras llamadas
“raras”, que están particularmente dispersas. Su extracción, procesamiento y
separación se revelan muy costosos y altamente contaminantes, dado que producen
específicamente desechos radiactivos.
Presiones y resistencias
Entonces, ¿por qué semejante
obsesión? “Porque es lo que me parece psicológicamente necesario para el
éxito”, respondió Trump (The New York Times, 8 de enero). “Creo que la
propiedad otorga algo que no se puede obtener con un simple contrato de
arrendamiento o con un tratado”, precisó. Desde las primeras horas de su
mandato, este imperialismo impúdico, despectivo con las poblaciones autóctonas
de la región, se manifestó mediante un anuncio: el punto más alto de América
del Norte ubicado en Alaska ya no se llamaría Monte Denali, como se había
llamado durante siglos en lengua atabascana, sino Monte McKinley, en referencia
al presidente republicano entre 1897 y 1901 que anexó Puerto Rico, Guam, Hawái
y Filipinas. Pisoteando la soberanía de Dinamarca –sin embargo, campeón del
atlantismo y fiel cliente de la industria militar estadounidense–, Trump vuelve
a establecer una conexión con el concepto de “destino manifiesto”, la ideología
mesiánica que justificó la anexión de Texas en 1845 y la colonización del
subcontinente. A pesar de la desaprobación de la opinión pública estadounidense
sobre esta cuestión y de las reticencias del Congreso, incluso de los republicanos,
pasó por encima de muchos de los compromisos jurídicos internacionales de su
país, como el reconocimiento de la soberanía danesa en 1917 a cambio de la
compra de las Islas Vírgenes. Sobre todo, hizo tambalear el Tratado del
Atlántico Norte, destinado a promover la cooperación pacífica y la defensa
común entre los signatarios, y alarmó a todos los demás países europeos que
tienen territorios de ultramar en lo que él llama el “hemisferio occidental”:
Francia, Reino Unido, Países Bajos, Islandia y Noruega.
Sara Olsvig, una brillante
intelectual que preside el Consejo Circumpolar Inuit, respondió con serenidad a
la doctrina Trump, que otorga apenas una soberanía limitada a sus vecinos: “Los
tiempos cambiaron desde la época en que las tierras inuit eran mercancías que
se podían comprar y vender. Hoy participamos activamente en las decisiones
sobre nuestras tierras y recursos. Ya superamos la época de las actitudes de
superioridad típicamente coloniales”.4 En una (lenta) marcha hacia la
independencia,5 los cinco partidos representados en el Parlamento groenlandés
reaccionaron al unísono: “El trabajo sobre el futuro de Groenlandia se está
realizando de forma concertada con el pueblo groenlandés, teniendo como base el
derecho internacional y la Ley de Autogobierno. Ningún otro país puede
inmiscuirse en este proceso. Tenemos que decidir el futuro de nuestro país
nosotros mismos, sin presiones para una decisión rápida, sin demoras y sin
injerencias extranjeras”. Para quienes no lo hayan entendido, el primer ministro
groenlandés, Jens Frederik Nielsen, precisó: “Si tenemos que elegir entre
Estados Unidos y Dinamarca, elegimos Dinamarca”.
Recibido en la Casa Blanca el 15
de enero, el ministro de Asuntos Exteriores danés, Lars Løkke Rasmussen,
consignaba un “desacuerdo fundamental” con su homólogo estadounidense, Marco
Rubio. Ese mismo día, la solidaridad hasta entonces verbal de los europeos se
materializó en el despliegue, sumamente simbólico, de unos 40 oficiales en el
lugar para preparar una posible operación de mayor envergadura. El ejército
estadounidense fue invitado a esta misión, que el Ministerio de Defensa alemán
justificó con el objetivo de evaluar “las posibilidades de garantizar la
seguridad ante las amenazas rusas y chinas en el Ártico”. ¿Una forma de intentar
conformar a Trump? La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen,
prefirió romper con la lengua diplomática el 5 de enero, en una entrevista en
el canal público DR: “Si Estados Unidos decide atacar a otro país de la OTAN,
todo se habrá terminado. Es una presión inaceptable, un ataque totalmente
insensato contra la comunidad mundial”.
Philippe Descamps, de la
redacción de Le Monde diplomatique (París). Traducción: Merlina Massip.
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