19 de setiembre de 2026
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La vida en los bosques
Henry David Thoreau fue un filósofo y poeta estadounidense, uno de los padres de la desobediencia civil, y decidió irse a vivir al bosque, aislado de otros humanos, durante dos años. Hebe Uhart fue escritora, docente de Filosofía y una cronista que escuchó su entorno con oído absoluto. En este texto, que forma parte de su libro Animales, Uhart nos presenta al autor de Walden, la vida en los bosques.
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DONDE NACEN LOS RÍOS
El río Santa Lucía abastece de
agua potable a más de 60% de la población de Uruguay y el río Cebollatí
desemboca en el sistema de lagunas costeras más grande del mundo. Sus
nacimientos son provocados por pequeñas venitas que se transforman en poderosos
cuerpos de agua fundamentales para la vida. Este reportaje recorre historias de
personas que viven el río día a día y buscan defenderlo del avance forestal.
A lo largo de la historia, todas
las culturas han imaginado grandes mitos sobre el origen de los ríos. Cada
pueblo ha elaborado sus respuestas particulares. Existen ejemplos que sitúan su
inicio en lágrimas de dioses o hasta árboles heridos de los que no para de
brotar agua y crean el cauce.
En la zona de Cerro Pelado,
departamento de Lavalleja, el viento, el frío y los atardeceres parecen tener
más intensidad. En el hogar de María Elena Luzardo y Rosvel Ordás hay un cartel
que dice «La naciente». Lo colocaron hace no más de cuatro años. A un par de
metros de la estructura, se puede sentir cómo el suelo se vuelve más
encharcado, más húmedo. La realidad es menos explosiva que los mitos pero es
igual de espectacular. Del suelo enlodado comienza a brotar una pequeña venita
de agua que, a medida que baja la pendiente del ecosistema serrano, cobra
magnitud. El movimiento del agua se escucha, el sonido aumenta y también crece
la superficie que ocupa. A partir de esta pequeña venita nace el río Santa
Lucía, cuerpo del que sale el agua potable que llega a los hogares de 60% de la
población de Uruguay. Como si todavía no fuera suficiente, a unos kilómetros de
este lugar y a través de un proceso similar, también aflora el río Cebollatí,
fuente clave para el este del país, que desemboca en la laguna Merín. Este
último lugar, junto con la laguna de los Patos, conforma el sistema de lagunas
costeras más grande del mundo y una reserva de agua dulce fundamental
«Yo soy defensor de la
naturaleza. Soy tan defensor de la naturaleza que no acepto que me digan que
está todo mal, porque no está todo mal», dice Ordás. Es productor ganadero y en
su predio, que tiene una larga historia familiar, están ubicadas las nacientes
del río Santa Lucía. Casi toda su vida vivió allí, aunque tuvo que partir por
momentos para poder rebuscarse en materia laboral. Trabajó en la construcción,
en un comercio, fue domador, tropero, casero en una chacra. Luzardo, su
compañera, cuenta que tuvo varios oficios, pero lo que él realmente quería era
trabajar en su campo. Ella se crio en Minas, es maestra y enseñó en centros
educativos urbanos y rurales. Lo primero de lo que instruía a sus alumnos y
alumnas en las escuelas rurales eran las características del entorno, la
geografía. «Hablás de los lugares, explicás los nombres de los arroyos y lo que
pasa alrededor. Siempre estamos aprendiendo, uno aprende de los niños. A veces,
es más información la que te transmiten que la que vos podés leer», explica.
El cartel que tiene la inscripción
«La naciente» lo emplazaron cuando el sitio comenzó a cobrar protagonismo.
Ordás recuerda que grupos de personas navegaban por el cuerpo de agua desde la
capital y terminaban la travesía en su predio. Incluso, cerca del sector donde
comienza a formarse tímidamente el curso de agua, los visitantes instalaron una
placa en la que se presentan como «hermanos del río». Al pararse frente al
cartel y mirar las sierras, se asoma un monocultivo de forestación que
contrasta con el monte nativo y las rocas milenarias. «Siempre supe de las
nacientes. Acá estamos en el filo de la cuchilla Grande y se dividen las
corrientes de agua. Hacia el lado de aquel camino, vuelcan las aguas y salen al
río Cebollatí. Desde acá, si lo mirás en una foto aérea, ves cómo baja el agua
hacia el Santa Lucía», describe el productor, mientras apunta con el dedo
índice al fondo de su casa. Afirma que es normal encontrarse con guazubirás,
carpinchos y tatúes. También expresa que, en circunstancias especiales, ve el
paisaje y piensa «qué privilegio vivir acá».
Tras el plebiscito por el agua de
2004, impulsado por el movimiento popular, se modificó el artículo 47 de la
Constitución. La normativa determina que el agua es un «recurso natural
esencial para la vida» y que el acceso al agua potable constituye un «derecho
humano fundamental». La gestión del bien común debe ser «solidaria con las
generaciones futuras» y tanto los usuarios como la sociedad civil pueden
participar en todas sus instancias de planificación, gestión y control. La
reglamentación de este artículo fue a través de la Política Nacional de Aguas.
A partir de ella, se creó la Comisión de Cuenca del Río Santa Lucía en 2013 y
la Comisión de Cuenca del Río Cebollatí en 2014. Son ámbitos de participación
integrados por representantes del gobierno, la sociedad civil, la academia y
los usuarios del agua —por ejemplo, representantes de gremiales agropecuarias,
industriales y otras actividades extractivas—. El objetivo, según la ley, es
«dar sustentabilidad a la gestión local de los recursos naturales y administrar
los potenciales conflictos por su uso». Estos espacios no son vinculantes, es
decir, los integrantes no eligen en conjunto las acciones que finalmente se
llevarán adelante, aunque sí asesoran a los tomadores de decisiones.
En noviembre de 2025 se reunió la
Comisión de Cuenca del Río Santa Lucía. En esta instancia, según consta en
documentación elaborada por el Ministerio de Ambiente, las autoridades
anunciaron la creación de grupos de trabajo para «organizar actividades y
proponer acciones y estrategias específicas a desarrollar» en la cuenca alta y
nacientes, en la cuenca media baja y en el territorio fluvial del río Santa
Lucía. Uno de los puntos que definieron como prioritarios para trabajar este
año es «establecer medidas cautelares por las que no se autorice todo tipo de
monocultivos forestales con destino a la producción maderera o para la
industria de celulosa en la cuenca alta y nacientes mientras se modifica la
categorización de los suelos». En el texto se aclara que «estas medidas no
aplican para plantaciones de abrigo, sombra, ornato, paisaje y uso doméstico».
La Sociedad de Productores Forestales, según transmitieron fuentes a Lento, no
estuvo de acuerdo con esta medida.
En julio, la Comisión de Cuenca del Río Santa Lucía se reunió en la Escuela Agraria de Cerro Pelado, que está cerca del hogar de Ordás y Luzardo. Un par de semanas antes de esta sesión, Redes - Amigos de la Tierra e investigadores de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República (Udelar) presentaron una iniciativa que busca frenar la expansión forestal y proteger cuencas hídricas estratégicas para el abastecimiento de poblaciones. En concreto, según el texto de su propuesta, pretenden que la expansión de la forestación exótica a gran escala no pueda llevarse a cabo en suelos que no estén categorizados como de prioridad forestal; tampoco en zonas que se encuentren bajo una figura de conservación nacional o internacional ni en cuencas con tomas de agua superficiales destinadas al abastecimiento de la población. Aplicando los criterios de la organización socioambiental, la superficie de prioridad forestal se reduciría un millón y medio de hectáreas, que no estarían habilitadas para la forestación exótica. Los defensores y las defensoras fueron al Parlamento para difundir la idea, que definieron como «conservadora» para conseguir apoyos, con la esperanza de que algún legislador o legisladora decida abordar la problemática. Si bien los han escuchado, aún están a la espera de respuestas.
«Cuando vivís en un lugar empezás
a ver cómo todo el tiempo está cambiando, todos los días son diferentes.
Siempre tuve la fantasía de vivir al lado del océano, en una zona alta. Sin
embargo, desde acá podés ver un mar de nubes donde aparecen islas, como el
cerro Marmarajá asomando enfrente. Ver levantarse el sol en este paisaje
es...», define Óscar Álvarez mientras piensa las palabras justas para describir
el horizonte que ve desde su casa. Él nació en Canelones, pero vivió muchos
años fuera del país. Durante sus viajes conoció a Nicolás Spinosa, nacido en
Argentina, y decidieron retornar juntos a Uruguay para crear un espacio donde
comenzar a trabajar «desde lo sociocultural y lo ambiental».
En 2013, luego de comprar un
predio de 131 hectáreas a 35 kilómetros de Minas, entre Cerro Pelado y el cerro
Marmarajá, nació la reserva Kikyo. Han hecho relevamientos con los que
constataron que 70% de su tierra es monte nativo; en el territorio han avistado
animales como guazubirás, zorros, carpinchos, ñandúes, margays, gatos monteses
y más. «Era todo lo que buscábamos, en ese momento no nos importaba ni el
camino ni la electricidad. Queríamos que fuera lo más salvaje posible, lo más
conservado posible. Los pobladores de la zona eran familias de cuarta generación
dedicadas a la producción rural ganadera y era el escenario perfecto para
trabajar con la comunidad y la conservación», acota Álvarez. Apenas seis
hectáreas son dedicadas a la actividad humana, donde tienen una huerta
agroecológica, una plantación de olivos orgánica y su campo cultural. A este
último espacio lo definen como «un laboratorio de creación e investigación
donde las prácticas artísticas y culturales contemporáneas se entrelazan con el
territorio y sus comunidades». Allí organizan talleres, exposiciones y
residencias; han recibido a personas de Brasil, Argentina, Chile, México y
Venezuela.
Luego de transitar por los senderos
de la reserva, hay un claro donde se ve la inmensidad de las sierras. Álvarez
muestra cómo comienza a avanzar la forestación en la zona y resalta que hay que
proteger los ecosistemas. Describe que existen proyectos que se llevan adelante
sin respetar la reglamentación y sin contralor por parte de las autoridades.
Entiende que, a medida que avanza este monocultivo, las personas se retiran y
venden su tierra. «Hay gente que se ve rodeada por las forestales y no puede
producir; hay cada vez más chanchos jabalíes, entonces prefiere irse a otro
campo o a la ciudad. Esto también ocurre en otros lugares, como Rocha, Cerro
Largo, Treinta y Tres», señala Álvarez. «Cuando uno quiere vivir en el
territorio, necesita vivir de algo. Una pregunta que nos hacemos todo el tiempo
es hasta qué punto tiene uno que explotar el territorio o en qué intensidad.
Estamos en una época en la que a todo hay que sacarle una productividad
extrema. Cabe la pregunta: ¿realmente necesito extraer todo esto del
territorio?», inquiere Spinosa.
Luego de años de trabajo
compartido entre científicas, integrantes de la comunidad y tomadores de
decisiones, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la
Ciencia y la Cultura aprobó en abril la creación del Geoparque Mundial
Manantiales Serranos. Abarca aproximadamente 2.010 kilómetros cuadrados y, si
bien no es una figura restrictiva, busca ser una herramienta para el desarrollo
sostenible. La figura incorpora varios geositios, por ejemplo, las nacientes
del río Santa Lucía.
Leticia Chiglino y Leticia
González son las geólogas referentes de la iniciativa e investigadoras del
Centro Universitario Regional del Este de la Udelar. «Todas las rocas tienen
algo para contar, tienen una función en el ecosistema. En este caso, cuentan la
historia de las nacientes y su sustento de la vida, de la biodiversidad. Sin
embargo, se las ve como zonas del territorio que no son productivas, si tomamos
en cuenta el índice Coneat. Estas zonas quedan más vulnerables ante la
expansión de la forestación», explica Chiglino. Un gran porcentaje de las
sierras se clasifica como suelo de prioridad forestal porque la rentabilidad en
otras formas de producción es baja. La investigadora recuerda que «la
topografía, la forma del paisaje, es la que permite a la zona ser naciente de
cursos de agua», y que el objetivo del geoparque es buscar estrategias para la
conservación.
González describe las nacientes
como «los puntos altos donde el agua se divide en diferentes direcciones y
escurre recorriendo los territorios de menor topografía hasta llegar a los
cauces». Sostiene que a lo largo del recorrido el agua va pasando por distintas
superficies y contextos. Sin embargo, expresa que «si impactás en las
nacientes, ya sea porque no dejás circular el agua o porque estás arrojando
aportes químicos contaminantes, vas a estar afectando toda la circulación del
sistema hídrico». Chiglino destaca que es importante proteger estos territorios
porque «ahí nace el agua, toma contacto con las formas del paisaje, empieza su
línea de tiempo y la interferencia que tenga va a tener una consecuencia en el
desarrollo natural del caudal, de la circulación superficial y subterránea». A
su vez, ella considera que la conservación de las sierras debe tener una mirada
colectiva. «Las soluciones se buscan en la comunidad, el agua nos atraviesa a
todos», esgrime.
Chiglino ve que la propuesta de
Redes - Amigos de la Tierra y de los investigadores de la Facultad de Ciencias
muestra «la necesidad de poner orden en la casa y de poder salir del modelo de
solo medir el territorio por el índice Coneat». Ambas científicas coinciden en
que este índice fue una herramienta innovadora en el siglo pasado para medir la
productividad agropecuaria, pero acotan que en la actualidad existen otros
indicadores que deben ingresar a la discusión.
«Hay que repensar los modelos
productivos que queremos como país y cuáles son los bienes que vamos a poner en
valor. Hemos visto cómo el sector forestal viene avanzando principalmente en
las cuencas altas, también los vecinos y las comunidades vienen llamando la
atención. Se necesita reflexionar y poner otras variables sobre la mesa para
poder tomar decisiones. El agua atraviesa todo, es un elemento fundamental para
la vida y sabemos que tiene un ciclo con cierta vulnerabilidad. El agua
acompaña la vida de campo, porque es mucha, porque es poca. Hay una
observación, una percepción mucho más sensible y que tiene una historia
detrás», declara Chiglino. La postura personal de la investigadora es que en el
caso de las nacientes de cursos de agua, el camino es que no haya «ni una
hectárea más» de forestación.
Luzardo y Ordás reciben en su
casa a Álvarez y Spinosa. La estufa está prendida y tienen pronta una mesa en
el comedor, que está ubicada junto a una gran ventana. En la ronda también está
Mirena Atchugarry, vecina que se mudó a la zona hace aproximadamente ocho años
junto con su familia. Para llegar a su casa, que se ubica sierra abajo, hay que
abrir muchas porteras y pasar por varias plantaciones forestales. «Siento que
mi generación es la que muchas veces está vendiendo los campos para no volver.
Mi vecino falleció, vendieron y ahora hay forestación. A mí me pasa que hago un
curso cada 15 días afuera y llego a mi casa tarde, de noche. Antes no me daba
miedo llegar, pero ahora solo veo árboles, uno al lado del otro. Es cabeza mía,
pero te da miedo porque cualquiera puede estar ahí adentro y yo no lo voy a
ver», cuenta.
Ella observa que la cantidad de
agua en las cachimbas ha descendido y le preocupan los pesticidas que utilizan
en el monocultivo. Sin embargo, comenta que la problemática es compleja. Ante
la ausencia del Estado en el cumplimiento de necesidades de la población,
aparecen las empresas para poner curitas. Hacen donaciones para cubrir gastos
médicos, para la escuela, para rifas, para llevar adelante proyectos locales.
«El Estado casi no llega acá. La plata la necesitamos. Es re complejo»,
lamenta. A su vez, cuestiona la falta de acceso a la información pública sobre
los proyectos y se pregunta: «¿Cómo puedo saber si están forestando legal o
ilegalmente?». Resalta que es el momento histórico «más fácil para vivir en el
campo», en el sentido de que se puede acceder a mayores comodidades,
conectividad, energía. Por otro lado, dice que es «el momento en que hay menos
gente viviendo en el campo porque no hay forma de acceder a la tierra».
La perspectiva de los vecinos y
las vecinas tiene matices en diferentes problemáticas, pero el intercambio
fluye cómodamente durante horas. «Hace muchos años se hablaba de la defensa de
la tierra, cuando hablaban de desalambrar y decían que la tierra tenía que ser
de los uruguayos. Sin embargo, en el primer gobierno de la izquierda fue cuando
más se vendió la tierra a los extranjeros para forestaciones. Yo, sin
identificarme como blanco ni con la izquierda en esa época, tenía la esperanza
de que realmente se trancara la venta de tierra al extranjero para forestar y
uno poder tener la oportunidad, como obrero o trabajador común con algún
novillo, de poder comprar un predio más grande. Eso no pasó, fue totalmente al
revés», plantea Ordás. Desde su postura, tendría que existir un «marco
regulatorio», porque si no «andamos sacudiendo banderitas sin incidir en nada».
Álvarez entiende que «todas las
cabeceras de cuencas hidrográficas tendrían que ser lugar de cosecha de agua y
estar protegidas para que no se puedan hacer prácticas que tengan impacto, como
la forestación, cuyas consecuencias están comprobadas científicamente, por más
que el gremio de las forestales diga que no». A Ordás le da «un poco de miedo la
intervención» en su predio porque «viene de la mano de gente que viene con el
libro». No está de acuerdo con que «la vaca no pueda tomar agua en la cañada o
cosas así», pero sí encuentra importante que «haya un control sobre los
herbicidas, sobre los plásticos que se puedan tirar en la zona». En el
intercambio, Álvarez les pregunta a Ordás y Luzardo cómo imaginan el futuro de
las nacientes del río Santa Lucía.
—Una cosa es lo que puede pasar y
otra es lo que me gustaría a mí. Pienso que esto es un principio, que estén
ustedes, que el tema esté en el radar; el [cerro] Arequita es área protegida.
Es una parte importante —dice el productor ganadero.
—Yo pienso que caemos siempre en
lo mismo. Los medianos y pequeños productores pueden tener objetivos claros,
propósitos claros, pero las políticas nacionales no. Acá se puede hacer todo
con más conciencia. Por ejemplo, volvemos con lo de las forestales: lo tendrían
que haber regulado. ¡A mí me parecen cosas tan obvias! —afirma Elena—.
Camila Méndez (Treinta y Tres,
1999) es periodista, editora de la sección Ambiente de la diaria.
FUENTE LA DIARIA

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